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LEYENDAS DE CABALLOS :: Curiosidades :: Artículos :: Inicio
LEYENDAS DE CABALLOS
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EL CABALLITO DE SIETE COLORES
Leyenda guatemalteca.
La grande y próspera granja de Don Isidro estaba al pie de la montaña. Una noche él y sus hijos escucharon a un tropel de caballos retozando entre sus hortalizas. Tomando linternas y escopetas se asomaron y para su sorpresa ¡vieron caballos de todos colores! Como eran caballos encantados, las balas se volvían humo en el espacio; los caballos abandonaron las hortalizas dejándolas maltrechas y sin dejar rastro, como si más que correr, volaran.
Al día siguiente, viendo el espectáculo de sus hortalizas machucadas, se pusieron muy tristes. Resembraron y Don Isidro ordenó al hijo mayor, Juan, cuidar las siembras durante la noche. Sin embargo, Juan cayó en un sueño muy profundo y a la mañana siguiente las hortalizas estaban maltrechas de nuevo. El padre le amonestó y dejó al cuidado del lugar al hijo de enmedio, Carlos. Al igual que la noche anterior, se esparció por la granja un olor semejante al que despiden las flores del árbol conocido como "galán de noche" y carlos se durmió. El padre le regañó al ver de nuevo las verduras destrozadas y puso a velar al menor de sus hijos, José. Como era muy listo, ideó un plan para no dormirse, sorprender a los caballos y de ser posible, capturar uno. Colgó una hamaca entre dos naranjos, la rellenó con hojas de chichicaste (Gu, Mx). Arbusto espinoso, que se emplea para hacer cordeles) y se recostó. Cuando llegó aquel olor suave y penetrante, empezó a bostezar, pero la comezón que le causaba el roce con las hierbas de chichicaste era tan fuerte que pudo vencer el sueño. Cuando se estaba rascando, entró el tropel de maravillosos caballos. Guardándose la admiración, José tomó una soga y un momento lazó al más hermoso.
El caballo relinchaba forcejeando para zafarse pero no pudo, porque la soga tenía atada una crucita de ocote (Gu, Mx). (Del náhuatl ocotl = tea) Especie de pino muy resinoso, cuya madera hecha rajas sirve para hacer fuego rápidamente o para hacer teas con el fin de alumbrar) que lo fue calmando hasta dejarlo manso. Los otros caballos, al ver que su rey había sido atrapado, huyendo despavoridos. El caballito de siete colores le ofreció a José un trato: si lo soltaba, le daria al muchacho cuanto quisiera. José le dijo que no podía, que era un pícaro y debía dar cuenta a Don Isidro de sus fechorías. El caballito de siete colores prometió arreglar las hortalizas y socorrerle en cualquier peligro. Para creerle, el muchacho le pidió que antes compusiera las siembras. El caballito cantó entonces:

Piedras blancas, piedras lisas,
ojos del alcaraván
aquí se levantarán
las mejores hortalizas.

Y en el acto crecieron las más hermosas verduras. José hizo prometer al caballito de siete colores que jamás molestaría de nuevo las hortalizas de su padre, lo soltó y el caballito se perdió como un globo de colores que se lleva el viento. Cuando Don Isidro, Juan y Carlos fueron de mañana a ver el lugar, se encontraron con que las siembras estaban más hermosas que nunca. El padre, orgullosamente afirmó que su hijo era un valiente y corrió a abrazarlo.
A los hermanos mayores les entró envidia y decidieron abandonar la casa de su padre, lléndose por un rumbo desconocido. Don Isidro enfermó de la pura tristeza y José tuvo que ir buscarlos. Cuando ellos lo vieron venir, lo tomaron por las manos y los pies y lo hecharon en un pozo muy profundo. José se acordó del caballito de siete colores y lo llamó. El caballito acudió al instante y lo salvó. José corrió a alcanzar a sus hermanos y aunque no comprendieron como pudo salir del apuro decidieron tomarlo como sirviente.
Pasando la montaña y un ojo de agua divisaron un cartel. Era un decreto real colgado de un guarumo en el que se leía: "Quien gane mañana la argolla de oro en la carrera de cintas a caballo, se casará con la princesa". Resulta que el hoyito de aquella argolla era como la cabeza de un alfiler y nadie había tenido éxito en obtenerla. Los hermanos envidioso decidieron hacer la prueba y dejaron a José el encargo de hacer la comida. Entonces se acordó de su amigo y le llamó. Al instante acudió el caballito de siete colores y se fueron juntos a participar en la carrera. Cuando llegaron al palacio todos los caballeron habían pasado sin lograrlo. Anunciaron al último participante y la gente se quedó muda al ver a José vestido de seda y oro sobre el caballito de siete colores, cascos de plata y montura de terciopelo se llevaba la argolla de oro.
La ceremonia se boda se realizó al día siguiente. José mando llamar a sus hermanos, los perdonó pidiéndoles que fueran por su padre para que todos estuvieran juntos. Y el caballito de sietes colores desapareció como por encanto.


LOS CABALLOS BLANCOS
Leyenda araucana que ha sido recogida en el oeste de la Patagonia. Dice la misma que cuando Nguenechén hizo el mundo con su gente y animales, se dijo: "Hay muchos secretos que el hombre no debe aprender para no desordenar su vida. El conocimiento de su fin, de su exterminio sería terrible. Pero entre los animales, a los que voy a dar el habla, pondré el caballo y el perro (Trewa). Sólo a ellos confiaré mi secreto, ya que les daré otro lenguaje como para que nadie los entienda jamás." Así fue que el caballo y el perro conocían los secretos designios del dios y veían muchas cosas tristes, especialmente de noche. De sus ojos brotaban así muchas lágrimas, y a la mañana siguiente aparecían por ello cubiertos de lagañas.
Un indio muy sabio y anciano, llamado Leuque-Leuque hacía tiempo que venía observando todo. Tenía muchos caballos y perros, y se le ocurrió que alguno de ellos podría hablar y revelarle secretos que su alma presentía. Así fue que una noche de luna clara que salió cabalgando en su caballo blanco y acompañado de su perro negro, le dijo a éste: "Dime, ¿es cierto que por las mañanas tienes lagañas en los ojos porque durante la noche ves espíritus de seres, almas de los difuntos?. Porque no creo que sea de haragán que ello te ocurra, y te aseguro que muchos deseos tendría yo de ver a mis antepasados y hacerles no pocas preguntas. Habla, pues, mi querido Trewa "Pero el animal no contestó, sino que se escondió detrás del caballo blanco. Entonces el indio, comprendiendo que no quería hablarle, se dirigió a su caballo en los mismos términos agregándole: "Iniciame en estos misterios que yo te prometo guardar el secreto. Jamás alma viviente escuchará lo que tú me confíes." Y ya desesperado concluyó. "Habla, o te mato, pues para ello soy tu amo. El caballo blanco se asustó, y muy triste dijo: "Nosotros los caballos y los Trewas negros tenemos la gracia de que hablas. La recibimos como gran secreto de Nguenechén, quien confió más en nosotros que en los humanos, pues no sabéis guardar los secretos, y podríais llenar el alma de vuestros enemigos de terror anunciándoles con seguridad su próxima muerte. Nuestras lagañas, óyelo bien, no las produce la haraganería, sino que las produce la irritación de nuestros ojos, ya que lloramos al ver las almas de tantos seres conocidos.
En el mundo de abajo hay poca luz y es muy triste, ya que deben buscar ellas penosamente su alimento en medio de oscuras humaredas que produce la quemazón de leña verde... Y me apena pensar que debo acompañarte a ese mundo de dolor y que mi fin no estará muy lejos." Mucho se asustó el buen indio, y con voz trémula le dijo: "Dime cuánto tiempo quedaré aún con vida, y yo para agradecerte, buscaré otro acompañante, pues espero que así podrás vivir mucho más teniendo yo otro caballo. Pero, por favor dime cómo hará para divisar tantas cosas sagradas." Y el caballo contestó: "úntate algo de mis lagañas o de las de Trewa sobre tus ojos, y vas a ver lo que vive alrededor tuyo lo que dejó de vivir y lo que ha de vivir. Yo, por desgracia, he visto demasiado, y paso a ti mi don de Nguenechén." Entonces el indio se untó sus ojos con las lagañas del caballo blanco y enseguida fue vidente. Veía los espectros las almas de sus queridos difuntos bajo el aspecto de animales y formas diferentes, especialmente de aves y animales feroces.
Espantoso le parecía el mundo de abajo con sus pobres inhabitantes, y hasta padecía por los acompañantes, los caballos y los perros de los que iban adelantados a él, vivo todavía. Los caballos tenían de todos los colores, pero uno de ellos tenía siete y era allí el Dios. Todos sufrían y se quejaban, ansiando volver al mundo de los humanos, o al menos como los nobles y los guerreros en las nubes, luchando y combatiendo siempre. Leuque-Leuque, el araucano se impresionó tanto que no podía dormir más. En todas partes, donde otros no veían más que piedras, agua, animales u otras cosas, divisaba él almas en pena, errantes, casi siempre tristes, buscando sus seres queridos, para hacerse ver y querer.
¡Qué aflicción para el pobre corazón del indio! Ahora todo le daba miedo; por donde miraba veía los ya muertos como seres vivos que se acercaban a él, que le hacían cariños y le hacían llorar en vez de dormir, llenan do sus ojos de lágrimas ardientes que se secaban y pegaban a los bordes de sus párpados, a tal punto que los integrantes de la tribu decían: "Leuque-Leu que se pone lagañoso y ya no se levanta para cabalgar en su caballo blanco." Al fin murió el anciano, y se le daba como acompañante otro caballo, destinado por él de antemano para el viaje, como también otro querido perro negro, que era el guía y que tenía que defenderlo cuando cruzara el gran lago para la Isla de los Difuntos, ya que ha bía aves de rapiña que sacaban los ojos a los viajeros, llevados por el balsero ingrato y hostil.
Era un día de lluvia, de hielo y de nieve, sin embargo cayó de las nubes un terrible rayo verde, que mató al caballo blanco, porque había revelado el secreto al hombre. Desde entonces todos los caballos blancos están en peligro de ser matados por un rayo, mientras nada pasa a los perros negros, porque ellos supieron guardar el secreto de Nguenechén. Sin embargo, a ellos, como a los caballos, se les quitó el habla. Pero pueden ver y sentir como antes, los espíritus y las almas de los muertos, un don que los inquieta, tanto, que los caballos, especialmente en la noche, se quejan y lloran, dan patadas a los aparecidos y relinchan de angustia, mientras los perros aullan y penan desoladamente, particularmente cuando la luz de Kuyén, la luna, es muy clara, ya que ellos ven las almas a su lado, las temen, y no pueden escapar. Los animales nombrados, entonces, logran saber secretos de los amos de los familiares de éstos, la hora de la muerte que los entristece. La visión es tanto más nítida cuanto más fuerte es la luz de la luna. Los caballos blancos siempre sudan, debido a su miedo continuo. Y como llevan su alma en los pelos, se revuelcan con gusto, cuando presienten la lluvia. Y porque tienen miedo al sol como a la luna, buscan guarecerse debajo de un árbol cuando se avecina una tormenta, porque se acuerdan que son malditos por falta de estimación del secreto, siendo que los caballos de otros colores pastan tranquilamente al aire libre y lo mismo que los perros no buscan abrigo alguno.


CUADRO ARABE
Las Cinco Originales :
Una hermosa leyenda de la historia popular cuenta que El Profeta de Alá, Mahoma, quería seleccionar los mejores caballos para sus guerreros. Estableció su campamento a orillas de un río e hizo que sus hombres encerraran una manada de caballos y los mantuvo sin agua por varios días. Cuando éstos ya sufrían cruelmente de sed, decidió liberarlos y los animales se precipitaron desesperadamente hacia el río.

Entonces, Mahoma ordenó a sus tropas que tocaran las trompetas el llamado de combate y, desde la manada que galopaba hacia el río, cinco yeguas se volvieron hacia él, su amo, renunciando al frescor del agua, pero relinchando vivazmente y con los ojos atentos y brillantes. El Profeta las bendijo y, se dice que todas las líneas puras árabes descienden de éstas cinco yeguas. Sus nombres eran Abbayah, Saqlawiyah, Kobailah, Hamdaniyah, Habdah

El Consuelo:

"Un hombre de una tribu beduina, según cuenta su emir, llamado Giabal, tenía una yegua muy afamada. Hassad-Pachá, a la sazón visir de Damasco, deseando adquirirla, le hizo en varias ocasiones todos los ofrecimientos imaginables; pero inútilmente, porque un beduino ama tanto su caballo como a su mujer. El Pachá, después de ofrecer amenazó; pero las amenazas fueron infructuosas.

Entonces otro beduino llamado Giafar, fué a verle y le preguntó cuanto le daría si le proporcionaba la yegua de Giabal: "Llenaré de oro tu costal de la cebada", respondió Hassad que consideraba como una afrenta no haber satisfecho ya sus deseos. La promesa hizo ruido, y llegada la noticia a Giabal tomó éste la precaución de sujetar la yegua durante la noche atándola del pié con un anillo de hierro cuya cadena penetraba en su tienda, y quedaba fija por una estaca clavada del suelo debajo del fieltro que servía de lecho a su mujer y a él. A media noche, entra Giafar arrastrándose en la tienda, y deslizándose entre Giabal y su mujer, empujaba ya al uno, ya al otro; el marido se creía empujado por su mujer, la mujer por su marido, y cada uno por su parte iba haciendo sitio. Conseguido este primer efecto de su tentativa, Giafar, con un cuchillo bien afilado, hace un agujero al fieltro, arranca la estaca, desata la yegua, monta sobre ella, toma la lanza de Giabal, pincha ligeramente al animal y grita en alta voz al mismo tiempo:

- soy yo, soy Giafar, que te ha quitado tu hermosa yegua; sabes que te lo había avisado con suficiente anticipación.-

Y diciendo esto partió. Lánzose Giabal fuera de su tienda; llama a otros árabes que le acompañan, monta en la yegua de su hermano y persiguen a Giafar por espacio de cuatro horas. La yegua del hermano de Giabal era de la misma sangre que la suya, aunque menos buena. Adelantándose a todos los demás jinetes estaba ya a punto de alcanzar a Giafar cuando Giabal le grita: Pínchale en la oreja derecha y espoléale con el estribo. Giafar le obedece y parte como el rayo.

Inútil se ha hecho ya continuar la persecución: una gran distancia les separa.

Los otros beduinos echan en cara a Giabal sea él mismo la causa de haber perdido su yegua; pero ante una acusación tan merecida, el les respondió: Mejor quiero perderle que empañar su reputación. ¿Preferirías que en la tribu de Would-Alí oyera yo contar que la yegua de Giabal había sido vencida por otra?. Me queda, al menos, la satisfacción de decir que ninguna ha sido capaz de alcanzarla.

Volvió a su casa con este triste consuelo, y Giafar recibió el premio que merecía su destreza."



EL FANTASMA DEL CABALLO BLANCO
La ciudad de Las Tunas, situada a unos 650 kilómetros al este de La Habana y actual capital de la provincia que toma su nombre, fue reconocida durante la república mediatizada por una famosa leyenda basada en la supuesta aparición nocturna de un indio sin cabeza montado en un brioso caballo blanco.

Desde muy pequeño conozco la historia y también la afirmación de que la salida de aquel fantasma anunciaba alguna desgracia para la comunidad. El galopar de una cabalgadura en las noches y madrugadas era suficiente para que se esperara el amanecer en tensión, con la seguridad de que un hecho luctuoso vendría a ensombrecer la vida de los tuneros.

El accidente de mayor envergadura que se atribuyó al paso del indio sin cabeza ocurrió el 12 de julio de 1945, cuando el tren central procedente de La Habana y con destino a Santiago de Cuba, tuvo un problema mecánico en su sistema de frenos y se descarriló a la altura del actual aserrío Libertad, en aquel entonces propiedad de los Lima, una de las más acaudaladas familias de la localidad.

Aquel suceso, que conmovió a la sociedad tunera y que trascendió a todo el país, provocó más de 30 muertos y un número similar de heridos, rescatados de un amasijo de hierro, madera y cuerpos humanos en que se convirtieron los vagones al abalanzarse contra la locomotora de vapor que los arrastraba.

Las causas estaban claras, mas los cientos de pobladores que se reunieron en los alrededores del lugar del siniestro escucharon un comentario que, de inmediato, recorrió toda la comarca: "Por aquí pasó el caballo blanco algo grave tenía que suceder".

La leyenda devino patrimonio de la ciudad y pasó de generación en generación hasta nuestros días, aunque en la actualidad muy pocos recuerdan al indio decapitado en su caballo blanco; en realidad era un elemento folklórico y, en mi opinión, una muestra de la incultura que caracterizaba, no solo a esta región, sino a todo el país.

La elevación del nivel cultural del pueblo tras el triunfo revolucionario de 1959 permitió un razonamiento acerca de las verdaderas causas de los acontecimientos y hoy las nuevas generaciones prácticamente no conocen esa historia.

Desde siempre la leyenda se negó a sí misma, pues se aseguraba que quien viera la aparición perecía inmediatamente. Entonces, si quien la observó murió al instante, ¿cómo pudo contarlo?

Considero que en la época de mi niñez y adolescencia, allá por los años 50, la creencia se sustentaba porque la madrugada de la entonces pequeña ciudad, decenas de jinetes transitaban por las calles: vendedores de leche, de viandas, de frutas y de otros productos, además de trasnochadores o enamorados dispuestos a despertar a su amada con una dulce serenata.

De tal suerte, cualquier jinete madrugador pudo ser considerado el famoso indio sin cabeza. Todos temían morir y no eran capaces de asomarse a una ventana, pero si ocurría un hecho trascendente, siempre había alguien que confirmara el paso funesto de la aparición.

No creo que con el tiempo el fantasma "haya pasado a retiro" y estoy seguro de que jamás cabalgó por las calles de mi ciudad. El indio sin cabeza montado sobre un corcel blanco solo existió en la imaginación de los pobladores de Las Tunas desde el siglo XIX. Fue solo un mito y nada más.

 

Por Juan E. Batista Cruz

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