| EL CABALLO, CON LOS CINCO SENTIDOS |
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Todos sabemos que, a lo largo de los siglos, el caballo ha contado con numerosos y muy distintos enemigos (entre los
cuales se encuentra, sin lugar a dudas, el hombre).
En su constante lucha por la supervivencia, el caballo ha ido desarrollando una serie de características funcionales
concretas que le han servido para su propia defensa.
El desarrollo sensorial es, sin duda, un buen ejemplo de esto. Por eso, los sentidos de los caballos tienen unas
particularidades muy concretas, que todo cuidador debería conocer.
A nivel general, se dice que el caballo cuenta con unos sentidos mucho más desarrollados que el ser humano.
Conozcámoslos a fondo.
LA VISTA
Los ojos del caballo están colocados a ambos lados de
la cabeza, por supuesto esto no obedece a ninguna
casualidad, sino que están ahí para permitir un campo
de visión amplio, aún a pesar de que eso suponga una
merma en la calidad de la imagen percibida, sobre todo
para objetos que se encuentran a media distancia.
Según se ha podido comprobar, el caballo enfoca con
mucha mayor precisión los objetos que se encuentran a
muy larga o a muy corta distancia. El poder de enfoque
del caballo no se basa en lentes elásticas (que pueden
cambiar de forma), como nosotros, sino en una retina
diseñada de tal manera que sólo diferentes partes de ella
pueden ver objetos a distancias específicas.
Así, un caballo de salto debe memorizar los obstáculos
y su ubicación, puesto que resulta imposible que los vea
cuando se encuentra muy cerca de ellos.
Otro dato curioso en cuanto a su capacidad visual es
que el caballo no tiene percepción de la profundidad,
sino que ven en un solo plano. Este es el motivo por el
cual desconfían, por ejemplo, de los charcos de agua
aunque éstos sean muy pequeños: al caballo le resulta totalmente imposible calcular la profundidad que puede tener. Lo
mismo sucede con el remolque en el que lo transportamos o incluso con la caballeriza: el animal los ve como cuevas o
túneles que no saben hasta donde alcanzan (además su temor a estos lugares se incrementa por el hecho de que sus
depredadores provenían, por lo general, de las cuevas).
Sin embargo, la posición estratégica de sus ojos le permite ver lo que sucede delante, detrás y a ambos lados de donde
se encuentra. Es decir, es como si tuviera una visión de 360º; cada ojo puede percibir imágenes diferentes y enviar
distinta información al cerebro.
Además, el ojo del caballo posee una capacidad inigualable para detectar el movimiento, de ahí la importancia de que
nos acerquemos a ellos siempre de la manera adecuada, para que no nos perciba como un peligro y salga corriendo.
En cuanto a su capacidad para distinguir colores, este es un tema sobre el que existe una enorme controversia. Según se
cree, algunos colores son percibidos sin problemas; serían: verde, gris (en todas sus tonalidades) y amarillo; mientras
que otros no pueden ser percibidos. Es aceptado de manera general que no existe la capacidad de distinguir el rojo del
azul y que el blanco y el negro son los colores más visibles, por lo que pueden resultar los que más le atemoricen, sobre
todo si el ejemplar en concreto no se encuentra familiarizado con ellos.
Debemos destacar, asimismo, su visión nocturna: los ojos de los caballos brillan en la oscuridad gracias a un reflector
especial llamado “tapetum lucidum”, con el que su capacidad para ver por la noche se encuentra marcadamente
favorecida.
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EL OÍDO
Su casi constante posición de alerta es, sin duda, la responsable del buen oído del caballo.
Se sabe que los équidos son capaces de percibir sonidos muy por debajo del
umbral al que pueden ser captados por el hombre (por eso pueden detectar
mucho antes que nosotros la llegada de una tormenta).
Sus orejas tienen, además, la capacidad de rotar sobre su eje, lo que sin duda
favorece la percepción de sonidos.
Resulta interesante saber que, en los días de viento, es normal que el caballo
mueva sus orejas de manera continuada, tratando de orientarlas hacia los lugares
de procedencia de los diferentes sonidos. Como nosotros no podemos captar
estos ruidos, es normal que lleguemos a la conclusión de que a nuestro caballo
le pone nervioso el viento cuando, en realidad, lo único que le ocurre es que está
intentando captar los sonidos.
El caballo es sumamente susceptible a los sonidos que no es capaz de identificar, tanto que puede dejar de comer o
incluso de dormir si no sabe cuál es el origen de un determinado sonido.
Teniendo todo esto en cuenta, resulta fundamental que revisemos los estímulos auditivos que utilizamos con nuestros
caballos: cada una de las señales que emitamos debe tener un único y concreto significado para el animal, así no
conviene utilizar el “soo” para nada más que señalarle la necesidad de parar en ese momento. Algunos lo usan para que
permanezca quieto, para intentar que se tranquilice... al final lo que hacemos así es mandar un montón de señales
confusas para el caballo, que terminará por no saber qué le pedimos cuando decimos “soo”.
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EL OLFATO
Este es sin duda otro de los sentidos en los que el caballo nos gana por goleada.
Una afirmación que podemos ilustrar con diferentes
hechos: ya desde su nacimiento, cualquier potro
puede distinguir a su madre de una manada entera de
yeguas tan sólo por el olor que ella desprende. El
semental es capaz de captar el olor de una yegua en
celo aunque ésta se encuentre a más de 300 metros
de distancia. Además se tiene conocimiento de que
un caballo de manada que se encuentre bien
adiestrado es capaz de seguir la pista de un animal
perdido.
De nuevo el instinto de supervivencia es el que ha
obligado al caballo a desarrollar, en este caso, un
buen olfato: a través del olor es como mejor se puede
detectar tanto la presencia de cualquier posible
depredador (incluido el hombre) como la del
necesario alimento.
Se dice que la tarjeta de presentación de los caballos
es su respiración, ya que para relacionarse entre
ellos, se huelen mutuamente (y a partir de ese
momento se dan por “conocidos”). También la orina
y los excrementos forman auténticos estamentos, por
los que se marca tanto la sexualidad como la
territorialidad.
A modo anecdótico, comentar que antiguamente los caballos fueron utilizados para saber si el agua o los alimentos eran
venenosos, algo que podían detectar por el olor.
EL GUSTO
Quizás este sea el sentido menos desarrollado en el caballo. El motivo es sencillo: el gusto es el sentido que menos
puede influir para la supervivencia de una especie.
Sin embargo, no podemos caer en el error de pensar que los équidos no tienen sentido del gusto (algo que algunos sin
duda piensan al ver a su caballo morder las cercas de madera, la cama del establo, las guarniciones...).
Los caballos sí tienen gusto y nos lo demuestran con su actitud un tanto “sibarita” para con la comida y, sobre todo, para
con el agua. Un cambio en el agua puede provocar que, drásticamente, deje de beber. No admitirá en ningún caso que el
agua esté sucia, estancada o que tenga un sabor diferente al de siempre.
Cualquiera que conozca al caballo es conocedor de cuán forofos son estos animales a los dulces (de hecho una de las
mejores formas que existen para compensarle por el trabajo bien hecho es la de darle uno de esos caramelos especiales,
una zanahoria, una manzana, o simplemente un azucarillo). Y al contrario, si le damos un alimento que contiene algo
que no le gusta, podemos comprobar como selecciona únicamente las partes que son de su agrado y va apartando
aquellas que contienen la sustancia que, simplemente, no les gusta.
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EL TACTO
Aún a pesar de lo que muchos pueden pensar, el caballo tiene una
enorme sensibilidad en todo su cuerpo (de un nivel similar a la que
nosotros poseemos en la punta de los dedos de nuestras manos).
Puede sentir cómo se posa una mosca en cualquier punto de su
cuerpo y, por supuesto, notará cualquier cambio en la postura o
peso que realice el jinete, a pesar de que éste utilice sudadero y
silla. De hecho, la base de la Alta Escuela se basa en esto: la
capacidad del caballo para responder de manera condicional a las
ayudas táctiles que el jinete realiza desde el asiento, con las manos
o con las piernas (de ahí el dicho: “jinete seguro, caballo
tranquilo”).
Esta capacidad sensitiva debe ser aprovechada de forma positiva
por el cuidador: los masajes, los cepillados, las caricias... serán
percibidos como recompensa por determinado comportamiento o
pueden ayudarnos a calmar al animal en momentos de nerviosismo.
Aunque, por supuesto, esta gran sensibilidad tiene también su lado
negativo que se encuentra fundamentalmente en los problemas que
muchos équidos presentan en el momento del herraje o para el
desarrollo de determinados procedimientos veterinarios.
INTERPRETAR SUS REACCIONES
Todo lo que acabamos de comentar sobre los sentidos de los caballos puede sernos de gran ayuda para entender las
reacciones que por momentos puede mostrar.
En ocasiones, sus agudos sentidos pueden hacerle percibir algún tipo de ruido, olor o visión que entiendan como un
peligro y ante el cual, sin duda, reaccionarán de manera inmediata. Si nosotros le infringimos un castigo en ese
momento (sin analizar correctamente la situación), simplemente le estaremos dando la razón: debería haber escapado
para no sentir el dolor que le acabamos de hacer. Como consecuencia, cuando vuelva a percibir ese mismo estímulo o
similar, reaccionará de igual manera o de forma aún más violenta.
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